martes 30 de junio de 2009

Juegos Históricos: World Cup Italia 90

¿Qué es lo que hace que un juego sea divertido? Esta pregunta, que debe de rondar por la cabeza de muchos desarrolladores de videojuegos, no siempre tiene una respuesta fácil. Definir por qué un juego nos gusta a veces se convierte en un misterio incluso para nosotros mismos. Es lo que a mí me pasa con este Italia 90, juego de megadrive que podemos llamar mítico y del que, la verdad, es sorprendentemente fácil encontrar información en internet.

Me acordé hoy del I90 porque de repente y sin previo aviso, la musiquilla empezó a resonarme en la cabeza. Alguien que haya jugado me comprenderá perfectamente. La musiquilla caribeña que salía de vez en cuando en los partidos se ha quedado grabada para siempre en mi mente y jamás la podré olvidar, así viva 100 años. Era repetitiva y machacona, como todas las del juego, y supongo que también irritante y enloquecedora en cierto modo. Recuerdo estar tararéandola como un mantra mientras aporreba los botones.  Aporreamiento que, unido a lo afilado de los bordes de la cruceta del pad original de megadrive, han conseguido dejarme una cicatriz perpetua en mi pulgar izquierdo (no es broma, la puedo enseñar). Puedo decir, por tanto, que este juego me ha marcado por dentro y por fuera.

Tras decir esto, cualquiera podría pensar que estamos ante un videojuego importante, un precursor de los gigantes PES y FIFA de hoy en día. Nada más lejos de la realidad. Si alguien me pregunta, honestamente tendría que responder que es un juego malo, remarcablemente malo. Malo hasta niveles absurdos, ridículos, es tan malo que jugar casi se podría considerar una estupidez.

Por géneros, I90 es indudablemente un arcade. Imposible que sea otra cosa. Todo lo que no sea patear el balón carece de sentido en el juego. Para empezar, no se puede elegir ninguna táctica o formación en el campo; todos los equipos del mundo juegan igual. Igual de mal, cabría señalar, pues la disposición sobre el césped es bastante extraña y sólo se parece remotamente a una táctica real, aunque se supone que es un 4-4-2. Lo digo porque el juego nos permite elegir a los componentes de las líneas antes del partido. Aunque tienen unas puntuaciones, nunca me he fijado mucho en ellas, y sospecho que el juego tampoco. Ni falta que hace, porque luego en el campo no hay manera de distinguirlos y además se mueven aleatoriamente por la pantalla sin seguir aparentemente ningún patrón fijo. Tampoco era posible hacer cambios; para qué, si los jugadores no se cansan ni se lesionan ni puedes meter a otro delantero. Acción total sin cortes. De alguna manera esto captura la esencia frenética del fútbol, del fútbol de patio de colegio por lo menos. Por defecto los jugadores corren como locos hacia el balón, hasta que el jugador los controla o desaparecen de la pantalla.

El control es uno de los aspectos más fascinantes del juego. Usa los 3 botones del pad de megadrive, aunque sería lo mismo si usara sólo dos, ya que el botón de pase corto es manifiestamente inútil y al cabo de varios intentos (y yo hice muchos, creedme) aprendías que era sinónimo de perder el balón. Asi que solamente quedaban el tiro y el pase largo. Esto nos da una idea muy clara del tipo de fútbol que el juego fomentaba. Esa idea queda reforzada por el hecho de que sin el balón, la única acción posible es una entrada bestial con los tacos por delante a ras de suelo. Y por si tenemos alguna duda todavía, la inexistencia de las faltas termina de aclararlo todo. Sí amigos, en este juego el árbitro se limita a pitar las fueras: no existen las faltas ni los penaltis, a menos que el partido acabe en empate. Sumadle a todo eso el control manual del portero y el hecho de que el jugador a manejar lo elige la máquina aleatoriamente por proximidad al balón sin posibilidad de cambiarlo (la única manera es sacarlo de la pantalla para que nos asigne a otro) y os haréis una idea del frenesí caótico que era este juego constantemente. Y pese a todo, o quizá precisamente por eso, Italia 90 es un juego extrañamente divertido, sobre todo en 1vs1, ya que la máquina no tiene nivel para plantear un reto interesante una vez asumidos los mecanismos básicos.

Yo tuve la fortuna de tener a mi primo en casa para poder estrujar el juego al máximo en duelos increíbles. Seguimos jugando muchos años después de que se hubiera convertido en reliquia (hablo quizá de 1995 o 1996, cuando el FIFA empezaba a reinar en las consolas). Hemos jugado tanto y llegamos a perfeccionar nuestra técnica hasta tal punto que estoy convencido de ser el mejor jugador del mundo (o al menos lo era en aquel entonces). Más que nada porque no creo que hubiera muchos jugando, pero aún así. Mi primo podría ser el segundo mejor perfectamente. Le hemos sacado bugs y hemos desarrollado técnicas y contratécnicas. Recuerdo con especial cariño mi Tiro Matutano, un intento de crear la vaselina perfecta para marcar siempre usando el botón de pase largo, aunque era difícil de ejecutar en las circunstancias adecuadas y un portero atento podía detenerlo sin mucho problema, por lo que acabé desechándolo. Y sin lugar a dudas, el Regate Fantasmal, un movimiento electrizante que conseguía incluso regatear la cámara, dejando la pantalla atrás de modo que uno continuaba con la posesión del balón fuera de la pantalla y podía avanzar sin miedo al rival. A ciegas, sí, pero sin miedo. El problema es que el árbitro tampoco te veía, por lo que no valía con meterse dentro de la portería o chutar a bocajarro, porque pitaba saque de puerta aunque el balón traspasara la línea de gol. Alguna vez la pantalla me sorprendió con el balón dentro y el árbitro anuló la jugada pitando fuera, asi que había que conseguir volver hacia atrás a tiempo sin que te quitaran el balón para poder marcar. Daba para mucho.

Globalmente, y usando cualquier argumento racional imaginable, el juego era pura porquería. Y sin embargo se trataba de una experiencia jugable muy divertida y equilibrada. Que me maten si puedo decir por qué, pero así era.

viernes 26 de junio de 2009

El Código Millenium

En su momento ya evité mancillar mis ojos con el invento de Dan Brown. Jamás me produjo curiosidad, sino más bien una sana rechifla. Cuando los vendemotos concentraron todas sus fuerzas en la película, la imagen de Tom Hanks corriendo como si fuera a perder el bus me transmitió tal sensación de aburrimiento que me sorprendí de que trataran de hacer pasar por trepidante algo tan chorras. Cuando una peli ya parece tan mala en el trailer es que la cosa es para tener cuidado. Supongo que alguien podría criticarme por tachar de basura un libro que no he leído y una peli que no he visto. Gilipolleces: Estoy actuando como un crítico profesional.

Tiempo después, volvemos a tener entre nosotros una reencarnación (sería más adecuado decir reencuadernación?) del mismo caso, esta vez directamente en forma de trilogía. Millenium parece seguir el mismo camino que la Movida DaVinci. Un buen día jamás has oído hablar de Stieg Larsson, y al día siguiente pareces tonto por estar perdiéndote las obras literarias más importantes en lo que va de siglo. No lo digo yo, lo dicen "los franceses". Al menos eso es lo que pone la solapa del primer volumen.

Aunque debo reconocer que en mi caso no es totalmente cierto. Hace tiempo que he oído hablar de Stieg Larsson por recomendación de mi hermano. No sé exactamente cuando fue, creo que en algún momento del año pasado. Todavía no se había desencadenado La Locura y a mí no me sonaba de nada, aunque él hablaba como si fuera un tío ultrafamoso (cosa que probablemente era, dicho sea de paso). Pero el caso es que me lo recomendó antes de que mis prejuicios me pusieran en contra, en un contexto en el que hablábamos de libros que nos gustaban, así que me dejó una sensación positiva. Yo quiero mucho a mi hermano y confío en su criterio, aunque sé que tiene unas tragaderas literarias mucho más anchas que las mías, pues es capaz de disfrutar de cosas que yo sólo puedo aborrecer. Pero todo juntado con los títulos extravagantes y la historia truculenta de la muerte del autor me animaron a hacerme con el primer tomo: Los Hombres que No Amaban a las Mujeres.

Hoy lo he terminado. Es una novela entretenida. Por momentos divierte. Por momentos, suscita curiosidad en la trama. En resumen, es algo apropiado para leer cuando vas a cagar. Si uno no es de los que leen en el baño, es una mera distracción. Eso no es malo en sí mismo, tampoco lo digo como algo negativo. Pero proclamar que es "una obra maestra, la novela de la década" o que es "una obra literara mayor, en la que se confunden todos los géneros y que (...) permanecerá grabada en nuestra memoria" o incluso que "genera una extraordinaria adicción" es una estupidez propia de un imbécil sin criterio. Ni la trama es original ni el planteamiento novedoso ni el estilo deja de ser en ningún momento algo más que mediocre. Ni siquiera se despega del nivel medio de su género. Millenium 1 no es mejor que Sol Naciente de Michael Crichton o cualquier novela del palo. Al contrario de lo afirmado por las consignas publicitarias, es perfectamente olvidable y en Larsson no se puede apreciar ninguna señal de novelista brillante. El estilo es vulgar, los personajes clichés, el ritmo no está del todo bien llevado (hacia el final hay momentos anticlimáticos), el desarrollo argumental es muy discutible y forzado (y con un sonrojante deus ex machina) y por si fuera poco, sobran páginas. Francamente me asombra el éxito demoledor de esta novela que no aporta nada nuevo, y solo puedo buscar la explicación en el morbo generado por la temprana muerte del autor (por cierto, curioso que haya murto sin ver publicado el primer volumen... escribe muy rápido o alguien se lo pensó dos veces antes de publicar aquello?).

Bueno, a eso o a los poderes irresistibles de la publicidad.

viernes 10 de abril de 2009

Aquí Mismo

Que el dinero no da la felicidad lo hemos oído decir ya un par de veces. Siempre pensé que es cierto, aunque definitivamente tampoco me parece un obstáculo. Eso de la felicidad es una movida diferente para cada uno, asi que imagino que sí puede haber alguien por ahí para el que la felicidad sea tener mucho dinero. Puede ser, ¿no? Hay mucha gente en el mundo.


Lo cierto es que en mi trabajo he llegado a conocer a gente que tiene mucho dinero. Y es verdad que no parecen más felices que cualquiera. De verdad que tener 1.000€ o 100.000€ en la cuenta no supone, en principio, mucha diferencia. Claro que “mucho” es algo relativo, quizá es que tienes que tener uno o varios millones para que te cambie la cara. Supongo que lo descubriré con el tiempo; esos tipos hablan directamente con mi jefe por ahora. Aunque por lo que he visto de ellos, tampoco parecen en paz con el universo ni nada por el estilo.


Miro a mi alrededor y creo que hay una sensación generalizada de que la cosa tiene truco. Desde siempre existe esa creencia extraña que nos viene de no sé dónde (quizá de las pelis, o de los cuentos infantiles, o de las ilusiones, o qué sé yo) de que si juegas bien tus cartas o das el pelotazo o tienes los amigos adecuados, puedes cambiarlo todo. Es lo que en las pelis americanas llaman “lograrlo”. Llegar a la cima, ser un triunfador, toda esa historia. Hay mil películas que hablan de ello. Te lo pintan como un mundo fuera del mundo en el que viven los elegidos para la gloria y que, si consigues entrar en él, entonces “lo has logrado” y todo va a ser felicidad y maravillas para siempre. En las películas el tipo suele ser alguien sin medios que consigue labrarse una posición con la única ayuda de su ingenio o su habilidad y llega a lo más alto desde la nada. A los americanos les gusta esa historia, no paran de contarla, me pregunto si se la creen.


Es mentira, claro. Al menos en espíritu. Yo creo que la gente es siempre igual en lo esencial, es como es. En el fondo dudo mucho que importe a dónde has llegado si no puedes estar contento sin hacer nada un día cualquiera. Todo eso de ir escalando, esa carrera contra todos, ese deseo por lograr objetivos (siempre cuantificables en dinero o estatus), esa obsesión por “conseguirlo” y llegar a la cima, es una persecución vacía de significado. Porque una vez que lo haces, sigues siendo tú, haciendo lo que sea que hagas, necesitando lo que sea que necesites, algo nuevo cada vez. Y sospecho que un día echarás la vista atrás y descubrirás que durante todo ese tiempo no había nada, que nunca ha habido nada.


Por eso soy tan feliz ahora, aquí mismo. Porque escucho una buena canción y veo los árboles mecerse por el viento en la ventana, y las olas romper allá lejos, en la costa del morrazo, y me siento genial sin tener que esperar a conseguir nada mañana.


Hala, ahí queda eso.

sábado 4 de abril de 2009

Bersión Original

Desde siempre he sido un defensor del doblaje. Toda la vida viendo cine y series dobladas tiene que contribuir a esto, pero siempre he pensado que un doblaje bien hecho permite disfrutar más de lo que sea que estés viendo. Y siempre he pensado que en España, y especialmente en Galicia, tenemos una estupenda industria del doblaje, si es que se la puede llamar así. Un buen doblaje puede incluso mejorar al original. Me viene a la mente, por ejemplo, cualquier peli de Bruce Willis, que mola mucho más en castellano que en inglés. Supongo que se debe a que Ramón Langa es mejor actor que Bruce Willis, así de sencillo. Y ver Dragon Ball en gallego era como un millón de veces más divertido que verlo en castellano. Mejores actores, mejor entonación, mejor selección de las voces. Muchos dirán que es el efecto nostalgia, pero me parece evidente que no es así. En Shin Chan, por ejemplo, se nota esa diferencia una vez más y ahí no puede haber asomo de nostalgia por parte de nadie. Yo he visto a una cuadrilla de viejos en una taberna descojonándose con Shin Chan, porque la adaptación al gallego es muy auténtica y es fácil conectar con las payasadas que hace, porque aunque no tengan puta gracia la manera de hacerlas es divertida. En castellano no tienen puta gracia, y punto. Pasa lo mismo con la Nanny, y con la mayor parte de las cosas que he podido ver en ambas lenguas. Habrá excepciones, claro, pero serán eso.


De un tiempo a esta parte, sin embargo, me he visto obligado a cambiar de opinión. No sé si es porque la calidad del doblaje ha descendido o es que uno ha aprendido a vivir con los subtítulos, pero es realmente desagradable escuchar lo que hacen con películas y, sobre todo, series, que se estrenan últimamente. La idea de escribir este post la tenía desde hace tiempo, como mínimo desde que escuché la voz tan homosexual con la que se ha quedado en España el pobre Dexter, pero el detonante definitivo ha sido The Wire.


Cualquiera que haya hablado conmigo en las últimas semanas ha tenido que oírme proclamar que The Wire es la mejor serie de televisión que he visto jamás, y que estoy convencido de que es la mejor que se ha hecho nunca. No voy a hablar ahora de las infinitas virtudes de The Wire, sino que la voy a usar de ejemplo para señalar las razones por las que el doblaje es hoy, en general, muy malo. En The Wire se dan de lleno, y en todo lo que se dobla, también se dan en mayor o menor medida. Y en esencia, son solamente dos, aunque a veces se apoyan entre sí:


  1. Mala elección de las voces. Hay un terrible vicio de caer en clichés y lugares comunes con las voces. Casi todas las voces que se oyen son el mismo tipo de voz; tienen lo que los músicos llaman “el mismo color”. Al protagonista le ponen una voz de chico bueno, una voz limpia y modulada, nunca demasiado grave. Las voces graves suelen reservarlas para los malos. Normalmente se escapa de las voces llamativas y de los timbres extraños. Y sobre todo, se evitan los acentos. Todo lo que se oye en castellano es perfectamente neutro y limpio, la voz no te dice nada del personaje. Para mí esto resta mucha humanidad a la interpretación, y en una serie como The Wire es realmente mutilar parte de la diversión. Porque hay personajes a los que no les pega una voz así. Claro, se puede decir que depende de a lo que te acostumbres, pero los tonos definen a un personaje tanto como su apariencia visual, y la verdad es que no te causa la misma impresión ver a un tipo que tiene voz de decorador gai que a uno que tiene voz de alcohólico cabrón. Parece el mismo tipo, y dice las mismas cosas, pero no es la misma persona, no del todo. Hay tonos que se pueden perdonar, pero un personaje como Omar (ejemplo fácil) debería sonar de otra manera.


  1. Malos actores. De lo peor que le puede pasar a cualquier espectáculo es tener malos intérpretes. Esto no necesita de mucha explicación. Sospecho que en doblaje, el coste es una de las prioridades de las productoras, y se gastan menos dinero en producciones de las que esperan menos en términos de éxito comercial. Puesto que The Wire no es una serie comercial, le ha tocado sufrir esta lacra. Es especialmente doloroso cuando puedes comparar las dos versiones. Lo que en el original es una interpretación brillante (y me asombra el número de buenas interpretaciones que hay en la serie), en la versión doblada suena a falso, a leído, a increíble. Es la diferencia entre ver una escena de la vida de alguien y una actuación impostada. En The Wire esto pasa, sobre todo, con los actores secundarios, con esos tíos que no tienen muchas frases y para los que (sospecho) no merecía la pena contar con un actor decente. Lo cual es grave, porque, como se descubre con el tiempo, no se trata de una serie típica de protagonistas, secundarios y extras, sino que es una historia coral de vidas cruzadas en las que el papel de protagonista cambia totalmente de una temporada a otra y a veces incluso de un capítulo a otro.


Lo peor llega cuando los dos problemas se mezclan. Malos actores con voces que no pegan. En The Wire hay muchos (muchos) personajes, de muchas y diversas extracciones sociales y de diferente nivel de educación. En v.o. sólo con oírlos ya sabes (casi) qué tipo de persona son. Hablan diferente. Tienen acentos. Y no me refiero solamente al uso de jerga. En la misma primera escena de la serie, un policía blanco habla de un crimen con un negraco del guetto. Si cierras los ojos, en castellano no podrías decir cuál es cuál. Os aseguro que en el original queda claro. Además está el problema de la jerga. Sí, en castellano también usan jerga, pero con ese tono neutro y limpio todo el tiempo. Salvo el doblador de Bubbles, que intenta poner un tono de pasota colgao; no es que le quede bien, pero al menos lo intenta. Quizá el problema sea que los dobladores no están familiarizados con la manera de hablar de las comunidades marginales. Uno puede tener una dicción perfecta, puede ser incluso un buen actor que domine las inflexiones y matices de la voz, pero si tienes que interpretar a un drogadicto pobre, o a un negro de las barriadas analfabeto que no ha ido al colegio, entonces necesitas algo más que eso. Y no creo que haya manera de aprenderlo en ninguna escuela.


Mi opinión (y es La Verdad) es que viendo The Wire doblada al castellano uno se pierde por lo menos el 65% de la diversión. O más. Y esto pasa, en menor o menor medida, con todo lo que se dobla. Es una pena que la “edad de oro de las series” nos haya coincidido con la decadencia del doblaje.